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C U E N T O

El Matareyes
Un cuento de Guillermo Cano Moreno

En la pila bautismal le impusieron el nombre de Reyes Mata.

Era un chico pobre, pero con mucho ingenio. Tan pobre era, que sus padres no le daban la tradicional mesada dominical. Qué hacía entonces para poder comprar los juguetes y golosinas que todo infante tiene deseos en ocasiones?. Reyes se ganaba honradamente unos pesos trabajando en un taller de electrónica donde reparaban todo tipo de aparatos modernos, desde una sofisticada y diminuta Palm, hasta una computadora de mesa.

Un día tuvo el acierto de ir a la Casa de la Cultura de su pueblo, y entre un par de docenas de asignaturas que se impartían, seleccionó, por decisión propia, sin influencia de nadie, ni siquiera de sus papás, la materia de ajedrez.

Quién sabe qué cosa, en los arcanos de su mente, lo habrían motivado para que tomara esta determinación voluntaria, lo cierto es que desde las primeras clases se manifestó como el más ferviente adorador de la Diosa Caissa y fiel oficiante del juego de los trebejos.

Fue así que en el noble juego tuvo su primer deseo: un cronómetro de ajedrez. Los relojes con dos carátulas que usan los ajedrecistas profesionales para que ninguno de los dos contendientes abusen del tiempo.

Antes se decía que había partidas que duraban hasta cuatro o cinco días. Sin dormir y sin comer, los trebejistas se mantenían firmes hasta no dar cima a la partida. Y más bien ganaba áquel que lograba sostenerse en pie, que desarrollar una buena apertura, un buen juego medio y un buen final.

Reyes vio cómo unos chicos de su edad, que también eran ya adictos al rey de los juegos, se divertían como enanos con uno de estos artefactos. Como todo niño, se le antojó tener para sí uno de esos aparatitos.

Pero, Cómo hacer para tener uno propio?, se dijo. La solución la tenía al alcance de la mano. Su talento lo puso en práctica. De los sobrantes que quedaban de los aparatos en reparación en el taller, prácticamente basura y comprando por ahí algunas piezas y refacciones, Reyes logró fabricar algo que más que un reloj de ajedrez, parecía un detonador de bomba.

Sin embargo, el aparatejo áquel pareció ser mágico, porque los buenos resultados vinieron a sucederse uno tras otro. A grado tal, que casi se volvió invencible. Muy pocos lograban ganarle. Reyes avanzaba en las técnicas del juego ciencia en su modalidad clásica. Pero también se volvió un diestro, como resultado de practicar con sus amigos en las partidas rápidas, algo así como se juega una partida de ping pong, solo que desplazando las piezas del ajedrez sobre el tablero.

Con la misma velocidad que le imprimía para no perder por tiempo, sus rivales iban cayendo uno a uno producto de sus criminales jaques. Los muchachos con los que convivía al ajedrez no titubearon un segundo en ponerle un sobrenombre. Para la creatividad linguística de los chamacos, aquello fue muy sencillo, lo único que hicieron fue invertirle el nombre, y en lugar de Reyes Mata, en adelante le llamaron el Matareyes.